El último de los dandis. Sobre la novela "El amor y la peste", de Juan Basterra






Por Osvaldo Mazal

(Sobre la novela “El amor y la peste”, de Juan Basterra. Buenos Aires, Editorial Barenhaus, junio de 2019)

En 1826 se publicó por primera vez la novela “El último de los mohicanos”, de James Fenimore Cooper, atravesada, como su título lo indica, por la tristeza ante la extinción de toda una tribu, al morir su último representante, un tal Uncas. El dandismo, en cambio, a pesar de su aparente anacronía, pareciera siempre resistirse a desaparecer. Hubo numerosos dandis de distinta laya en la literatura mundial: el bello Brummell, Lord Byron, Charles Baudelaire, Oscar Wilde con sus claveles teñidos de verde en el ojal, Marcel Proust y tantos otros. Y varios integrantes de esa tribu también en la literatura argentina: Lucio V. Mansilla, que usaba guantes blancos importados de Francia para tomar el té entre magnolias con Manuelita Rosas, Manucho Mujica Lainez, siempre engalanado con chalecos bordados y anillos estruendosos, etc, etc.
Y por supuesto, last but not least, Adolfo Bioy Casares.

Bioy no solo acopiaba en su guardarropas cientos de corbatas Hermes y vestía trajes a medida de Spinelli, sino que (y es lo que importa) practicaba, como leí no recuerdo donde, una especie de “elegancia moral”, una “estética del pudor” aseguró algún crítico, un “dandismo basado en la afabilidad”, dijo otro. Alan Pauls sostuvo que a Bioy le gustaban las historias fluidas y el sentimentalismo de clase. El chaqueño Juan Basterra es un hombre afable que en sus novelas (tres publicadas a la fecha) escribe sobre eventos terribles de la historia argentina del siglo XIX: el degüello del caudillo entrerriano Pancho Ramírez (en “La cabeza de Ramírez”), la masacre ejecutada en un pueblo bonaerense por la mesnada del Santón Solané (en “Tata Dios”), y en esta novela “El amor y la peste”, la terrible fiebre amarilla que asoló Buenos Aires en 1871. Algún avatar de la historia argentina del siglo XIX parece fermentar en la cabeza de Basterra con puntualidad cada dos años, y de ahí brota una novela.

Conviene mencionar que Basterra, aunque suele andar por la vida vistiendo austeras remeras de cuello redondo, se reconoce admirador profundo de Bioy Casares; no precisamente por sus elecciones siempre perfectas de finísimas corbatas, sino por esa en cierta forma anacrónica elegancia moral teñida con un pudor decimonónico que caracterizaba la posición desde la que escribía y vivía Bioy, uno de los últimos escritores pertenecientes a las clases altas argentinas. Una elegancia pudorosa que Basterra ha adoptado para la escritura de sus textos, sumándole un esmerado intento de reproducir cada circunstancia histórica a partir del lenguaje. El lenguaje como personaje o más bien como representante vivo de la Historia. Y ese lenguaje de la época, al estar ya fenecido en su uso coloquial, opera como un instrumento sentimental y se nos aparece siempre con una distancia que genera una carga intensa de extrañeza y melancolía. Ya al comentar un año atrás su novela “Tata Dios”, se me ocurrió pensar a Basterra quemándose los ojos al leer la gauchesca y otros libros de época hasta el cansancio, para sumergirse en ese lenguaje ya archivado socialmente y captarlo en sus profundidades.

Reproduzco el primer párrafo de la novela para que nos entendamos: “El 23 de mayo de 1871, y bajo un cielo plomizo de cenizas funerarias, el cuerpo todavía incorrupto de Felicitas Matheu –realzada su hermosura por el landó descubierto y de gran porte que lo transportaba- recorrió los últimos metros de la calle del Temple antes de internarse en un dédalo de caminos anegados y pestilentes que conducía al portal del Cementerio de los Monjes Recoletos”. Y enseguida Basterra comienza a construir mediante esa música lingüística de otrora una red intrincada de relaciones sociales y familiares que reflejan, a la manera del naturalismo decimonónico, la alta sociedad porteña de la segunda mitad del siglo XIX, representada por apellidos como Matheu, Mendiguren, Esnaola, Irrazábal, Bordaberry, Ezcurra, Vieytes, Martínez de Hoz. Época de dandis porteños, de esos que mientras se consolidaba económica y políticamente esto que podríamos denominar el patriciado argentino, comenzaban a arrojar manteca al techo en palacetes de París. Se multiplican en “El amor y la peste” descripciones casi etnográficas de los lujos y exquisiteces que ya iban asomando en esas riquísimas mansiones porteñas: “en desordenada profusión de piezas de colección sobresalían dos cariátides del francés Goujon, tres bustos griegos en mármol de Paros y nueve alfombras de Capadocia”.

También se exhiben los gustos de ciertos espíritus sutiles de la burguesía ilustrada porteña: “prefería los volúmenes de la editorial Garamond, porque se deleitaba sintiendo el olor del cuero mientras acariciaba las tapas grabadas, y leía con particular predilección los tratados humanistas de la serie Esprit européen que sus compañeros parisienses le habían hecho conocer”. José Hernández, Juan María Gutiérrez, Carlos Guido y Spano, Lucio Vicente López, Lucio V. Mansilla, Domingo F. Sarmiento, entre otros, andan dando vueltas por esa todavía Gran Aldea y configuran su campo intelectual mientras la peste se entretiene con sus habitantes. En el capítulo XXXIV de “El amor y la peste” se exhibe un modelo de dandi y escritor opuesto al de Baudelaire: Carlos Mendiguren describe a Lucio V. Mansilla como “una encarnación perfecta del dandismo criollo” y afirma: “ese garbo inconfundible, esa distinción en las maneras, son innatos pero pueden imitarse”. Todo un programa.

La historia que permite ir recorriendo con minuciosidad los pliegues de esa clase social, es el amor entre Felicitas Matheu y Carlos Mendiguren, un amor amenazado por la fiebre amarilla, y narrado por Basterra con ese lenguaje estudiadamente anacrónico del que se hablaba más arriba, a la vez tributario de la precisión borgiana, pero que no desaprovecha obvias lecturas proustianas. En la intersección entre el drama particular de Felicitas Matheu y Carlos de Mendiguren, y la tragedia colectiva que asola  a la ciudad entera, se va desplegando una fervorosa descripción de la Buenos Aires oligarca de fines del siglo XIX: mármoles, robles de Eslavonia, alfombras persas, palacios en construcción… Junto a la que asoman por momentos los infectos mataderos y saladeros, o los muertos transportados por las calles.

A mi entender este tercer libro confirma en Basterra un proyecto no explicitado todavía públicamente por el autor, y que desconozco si tendrá continuidad, emparentado, aunque obviamente en una escala reducida, con la “Comedia Humana” de Balzac: el de ir representando, tanto mediante la ficción como con la no ficción, algo así como un mapa de la formación, durante el siglo XIX, de ciertos rincones esenciales de lo argentino: el caudillismo (“La cabeza de Ramírez”), la xenofobia (“Tata Dios”), el patriciado (“El amor y la peste”). Desde esa perspectiva, vale la pena recordar que Ricardo Piglia sostenía siempre con una media sonrisa que Borges había sido el último escritor del siglo XIX, y que el primero del siglo veinte, afirmaba a continuación, fue Arlt. Juan Basterra, parado en la segunda década de este siglo XXI, talla sus historias buceando en ciertos vericuetos históricos del siglo XIX y recuperando la perspectiva abismal de un dandy criollo.
A lo Mansilla.




Biodata de Osvaldo Mazal

Osvaldo Mazal nació en Posadas, Misiones, en 1955. Se recibió de Ingeniero Civil en la UBA y de Licenciado en Letras y Magister en Semiótica Discursiva en la Universidad Nacional de Misiones. Actualmente es Profesor de Teoría Literaria en la UNaM. Publicó Mundos-Diálogos-Silencios, (Coedición Libros de Tierra Firme y Editorial Universitaria de Misiones), que mereció el 2° Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, y participó en varias antologías de poesía. En 1993 y 1996 le fue otorgado por la ciudad de Posadas el Premio Municipal de Letras “Arandú”, primero como autor inédito y luego por la obra editada. Como productor y conductor de programas radiales, entre los años 1994 y 1998 recibió cuatro premios Martín Fierro, otorgados por APTRA en el rubro cultural-educativo para el interior del país, por su programa literario De Cronopios. Darwin poeta (Buenos Aires, Aurelia Rivera Libros, 2016) es su primera novela, que obtuvo el 1° Premio de Novela del Fondo Nacional de las Artes en el año 2014.




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