Infierno, el jardín de un ciego (2). Alejandro Leibowich



Sohini Roychowdhury Dasgupta

Alejandro Leibowich

Ella ya estaba completamente abstraída, miró al cielo, que tal vez era la verdad abstraida, y verdad subsecuente. Ella miró al cielo o tal vez era el cielo que lo hacía. El tiempo a veces parecía congelarse, tal vez el cielo tomaba una fotografía. Las palabras no podían evitar teñirse de cierto acento, pero obstinaban la lengua franca, porque querían comunicar, y querían transmitir, a lo que fuere, como fuese.


"Dios ha dividido la misericordia en cien partes, ha colocado una de estas partes en la creación para que se tengan clemencia unos a otros, y ha reservado las noventa y nueve partes restantes para el juicio, como una gracia hacia sus siervos”.

Esas influencias de educación británica, tan de colegio inglés mezclado con narguila, bohemia oriental e idea de absoluto. Con la naturaleza pakistaní. Usted es un civil servant...ustedes son sirvientes civiles. Es que la lengua dice tanto de la cultura y la sociedad. La hermenéutica es una cadencia siempre vigente.

Tres o cuatro golpes en la puerta. Para los hijos de ciertas matemáticas, lo aleatorio también se imponía.

Amul, era todo, porque Amul todavía no había abierto la puerta, pero era todo. Hablamos de unas horas antes, y antes significaba retiro, y también introspección. Estaba tirado en su habitación single, en su cama. Era un poco apartada de todo el potencial y efectivo ruido. Le habían traído un libro de Nadeem Aslam. Qué complicado ser un intelectual en un país como Pakistán. Pero él pensaba desde afuera, aunque volvía.

"Una noche, Jeo puso un gesto de preocupación cuando su padre le contaba un cuento. Rohan dejó de hablar, se acercó hasta él y lo tomó en brazos, sintiendo los temblores del pequeño cuerpo. Cuando llegaba el anochecer, el niño intentaba convencerse a sí mismo de que el mundo seguiría existiendo cuando cayera dormido, que lograría salir a la luz al otro lado. Pero esa noche era distinta. Al cabo de unos minutos le confesó a su padre que la angustia se debía a la aparición del malo del cuento. Rohan soltó una pequeña risa:

-Pero ¿alguna vez has oído un cuento en el que el malo acabe ganando? -preguntó el padre.

El niño meditó la respuesta.

-No -dijo al final-, pero antes de perder hacen daño a los buenos. Eso es lo que me da miedo".

Pero Amul, también tenía sus achaques, le aquejaba un problema hepático y una reciente nefritis que el médico de la zona no había podido erradicar. Itis, inflamación. Territorio de grises, de esfumados y difusos grises. ¿Dónde estaban los límites? Los verdaderos e importantes, no las fronteras de convención política o religiosa.

Porque ya se sabe que condiciona el medio, que es una suerte de dogma selectivo. Y su forma de pensar, esa es la verdadera religión.

Y si se comprendía que apareciera Hydra, el monstruo de siete cabezas. Y que para el autor no había un mal, ni un tipo de maldad, sino que eran diversos en origen e iguales en consecuencia, con una hegemonía inexorable en los daños. Amul, pensaba en grises, no podía empatizar con planteos de polaridad, tantas naturalezas humanas habían cincelado su existencia. El tema de ser valioso, de ser Amul, de ser todo. Ser hindú, pakistaní e inglés, todo, y nada. La razón en la sinrazón era una efigie que estaba viva y que incluso parecía sonreír. Padre pakistaní, madre hindú, educación y tíos ingleses, y esta bailarina hebrea que le había pedido auxilio. Cuando tenía que alcanzar bebidas para extranjeros, y siempre estaba también el problema del alcohol, el problema de la carne de vaca, el problema del opio, el problema de proyectar una sombra. Todo. Amul se paraba en un banquito (reiteraba) cuando tenía que alcanzar las bebidas para los extranjeros. Serían unos dos escalones de altura, y el artilugio era de madera barata. Como si estuviera en Londres y quisiera hablar mal de la reina. Pero no podía, porque pisaba suelo inglés. Entonces el banco y el suelo en la India. Cuando Amul pensaba mal de los gobiernos, era efectivo no tocar suelo. Era tal vez un reflejo condicionado de conciencia.

Tres o cuatro golpes en la puerta.

Amul se levantó, le molestaba el hígado, era como si pesara, como si tuviese una especie de resaca crónica. Se escuchaban voces, una mujer, un hombre, conocía a los dos. Mujeres de independencia anhelante en países de castas y dependencia y pseudohindúes ingleses con pies de plomo.

La mujer gritó fuerte, tenía una bella voz con claro registro de mezzo, él había aprendido eso del tipo de la Radio Hyderabad. Ella gritó de nuevo, y dijo algo sobre unos aros y el color de cierta vestimenta. “Woman is a rebel” se autoexplicó Amul, citando a Wilde.

Estaban todas las paredes llenas de fotos, recortes de diario en árabe, hindú e inglés. Fotos clásicas, Bollywood, recortes de todo esquema de recuerdos.

-Salam- dijo ella al entrar. La noche traía a la noche.

-Es lo que hubiese dicho mi padre, Laila. Aunque él habría agregado que Byron en realidad te bautizó Leila en su obra “The Giaouer”. Pero esos tiempos medievales...Tomen asiento por favor, les serviré algo para comer y tomar.

-Gracias por todo, como siempre, Amul.

Se escucharon risas apagadas, ruido de platos, y algunas cuestiones metálicas desde una cocina. Laila y James tomaron asiento. Desde una foto en blanco y negro, Yehuda Minujim y Ravi Shankar, se debatían en un complejo duelo. En la misma pared cercano, había un televisor encendido y sin sonido. Amul era todo y era nada. Amul, era ser todo y ser nada, pero no era un momento para ser un doom thinker, ni un doomthinker consideró James. La luz de la luna se filtraba por una ventana con algunos cristales rajados y bañaba el perfil de Laila, claro está, la consideraba propia.


Asha saca de su bolso una carta de su mejor amiga pakistaní, con quien compartió tantas cosas en Inglaterra, mientras se sirve un segundo té.


Querida Asha, desde que nos conocemos, ya hace tanto, que no recuerdo los recuerdos. Me acordaba de vos y de tu madre. Siempre tu madre fue algo muy presente en todo lo que nombrabas. Lamentablemente para mí, no tuve el gusto de conocerla. Todo parece indicar que fue una persona muy iluminada. Siempre me lamento no conocer a las personas iluminadas, por el fuego, por la pasión. La enfermedad, a veces opera de una manera muy extraña, como que en ciertas situaciones humaniza más a la gente. Habrás escuchado noticias sobre personas que en las últimas instancias de la vida dadas causas límites como asfixia, hambre, etc, son encontradas muertas y abrazadas, como si por fin entendieran, con la tardanza en la llegada de su razón, lo que es el vínculo humano, lo que alguien llamó naturaleza sangre. Se sabe que mientras ella circule en nuestras venas y haya descendencia, la muerte no existe. Tu forma de expresarte, tu pensamiento filtra lo que es India, por todas partes, hasta se respira. Supongo que se debe mezclar tu educación con tu pasión, nadie mejor que vos sabe eso. Y prestá atención amiga, siempre mencionamos nacionalidades u orígenes, pero no religiones, al menos no directamente. Te dejo pensando.
Vos sos el sol, Vos sos la luna, vos sos el aire, vos sos el fuego, vos sos el agua, el éter y la tierra, vos sos el Yo, una forma de ánima, mi yo.


Alguien miraba la hora y hacía un llamado.






1 comentario:

  1. He leído por 20 años casi sin interrupción a grandes autores. A mis 58 comencé a escribir y olvide la lectura, dejando esta para la época de mi retiro, si es que hay vida y salud. Por lo tanto, no estaba en mis planes seguir en búsqueda de alguien que me sorprenda. Pero he dado contigo Alejandro y he leído algo tuyo que ha despertado mi asombro. Me encanta tu estilo, porque es exactamente el estilo de Alejandro Leibowich y de nadie más! Sigue adelante! Es un placer haber interrumpido mis planes, para alimentar mi alma con alguien que tiene mucho para decir! Kathy Piazzolla

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