La plasticidad en la música. Eladio Soto Barquero

 



M.C. Escher


Por el arquitecto Eladio Soto Barquero


(ensayo sarcástico sobre la dictadura de la calculadora y la rebelión del corazón)


Existe una sospecha incómoda en la historia reciente de la música: la calculadora ha comenzado a dirigir orquestas sin haber estudiado dirección, sin haber sufrido una sola noche de insomnio creativo y sin haber amado jamás una melodía. No sabe respirar una frase, no entiende el silencio, no distingue entre un suspiro y un acorde disminuido, pero tiene una virtud extraordinaria: todo lo mide. Y en una civilización obsesionada con medir, la calculadora se vuelve peligrosamente convincente.

En este escenario aparece una idea profundamente subversiva: la música no nació para ser calculada, nació para ser sentida. Y esta afirmación, aparentemente inocente, es en realidad una rebelión contra una estructura cultural que ha convertido el arte en producto, la emoción en mercancía y la creatividad en un indicador económico.

La ortodoxia, por supuesto, no es el enemigo. La ortodoxia es necesaria. Sin ella no existirían escalas, ni contrapunto, ni armonía, ni orquestación, ni forma sonata, ni escritura musical, ni academias, ni conservatorios, ni tradición. Sin ortodoxia la música sería un grito primitivo, un caos sin dirección, una emoción sin lenguaje. Pero cuando la ortodoxia deja de ser herramienta y se convierte en religión, el arte comienza a morir lentamente, con una elegancia académica que suele ser celebrada con diplomas y aplausos institucionales.

El problema no es la estructura; el problema es la adoración de la estructura.

Y cuando la estructura se convierte en ídolo, la creatividad termina trabajando como secretaria.

La partitura se llena de fórmulas correctas, de progresiones impecables, de modulaciones

previsibles, de análisis brillantes, de ejercicios técnicamente irreprochables, pero el corazón

humano permanece completamente indiferente. La música es perfecta, pero nadie llora. La

música es impecable, pero nadie se transforma. La música es correcta, pero nadie vive mejor después de escucharla.

En ese momento aparece una pregunta incómoda: ¿para qué sirve una música que no conmueve?

Nadie ha ido jamás a un concierto con una calculadora en la mano. Nadie ha llorado escuchando una sinfonía mientras calcula tasas de interés. Nadie ha sentido escalofríos porque una dominante resolvió correctamente según el tratado de armonía. La gente no va a los conciertos con la razón; va con el corazón. Y el corazón no mide, no cuantifica, no optimiza, no proyecta; el corazón simplemente entiende.

Esta es la gran tragedia del mercado cultural contemporáneo: ha confundido el valor con el precio.

Aquí aparece la intuición profunda de Friedrich Hayek, quien en The Fatal Conceit escribió una frase que parece dirigida a los gestores culturales de nuestro tiempo: “La curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres cuán poco saben sobre lo que creen poder diseñar.” La música, como la sociedad, no puede ser diseñada completamente desde un escritorio. La creatividad no obedece a un plan quinquenal ni a una hoja de Excel; surge de un orden espontáneo, de una interacción misteriosa entre tradición, libertad, experiencia, emoción y tiempo.

Hayek comprendió que los sistemas humanos complejos funcionan cuando existe libertad, no cuando existe control absoluto. Y la música, que es uno de los sistemas humanos más complejos, necesita precisamente eso: libertad para equivocarse, libertad para experimentar, libertad para fracasar, libertad para incomodar.

Porque el arte verdaderamente humano no nace del control, nace del riesgo.

Y el riesgo es algo que el mercado cultural detesta.

El mercado cultural prefiere lo predecible, lo repetible, lo vendible, lo inmediato, lo

emocionalmente accesible sin esfuerzo. Prefiere la canción que se consume rápido, el espectáculo que se olvida rápido, el ritmo que se baila rápido y la emoción que se agota rápido. En otras palabras, prefiere la música como válvula de presión social.

Grandes conciertos, multitudes, luces, pantallas gigantes, sonido amplificado, cuerpos moviéndose en sincronía emocional, gritos colectivos que sustituyen la escucha, descargas psicológicas que sustituyen la contemplación. La música deja de ser música y se convierte en un mecanismo de liberación de tensiones sociales. La gente no va a escuchar melodía, ni armonía, ni forma; va a gritar, a saltar, a descargar, a olvidar.

No es exactamente un concierto; es una terapia colectiva de emergencia.

Y como toda terapia de emergencia, funciona por un momento y luego desaparece, dejando el mismo vacío de siempre.

En este punto la reflexión de Václav Havel se vuelve profundamente reveladora. En El poder de los sin poder escribió: “La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo salga.” La música profunda pertenece a esta categoría: no garantiza éxito, no garantiza riqueza, no garantiza reconocimiento, pero garantiza sentido.

Y el sentido es algo que el mercado no puede fabricar.

El mercado puede fabricar éxito, fama, dinero, popularidad, consumo, entretenimiento, pero no puede fabricar sentido. El sentido nace de la verdad, de la autenticidad, de la honestidad artística, de la fidelidad a la experiencia humana. Y en ese terreno el arte se convierte en un acto de resistencia.

Resistencia contra la superficialidad, contra la banalidad, contra la trivialización de la emoción humana.

Es aquí donde aparece una figura que incomoda a todos los sistemas: Ludwig van Beethoven.

Beethoven no componía para el mercado. Beethoven componía para la humanidad. Su música no buscaba aprobación inmediata, buscaba transformación interior. Su música no era una mercancía, era una confesión existencial. No pedía aplausos, pedía atención; no pedía consumo, pedía silencio; no pedía espectáculo, pedía profundidad.

Beethoven entendió algo que las academias aún luchan por aceptar: la música no es una fórmula, es una forma de existencia.

Y esta comprensión conecta con la idea de pensamiento lateral propuesta por Edward de Bono. De Bono insistía en que la creatividad no consiste en destruir la lógica, sino en mirar la lógica desde otro ángulo. La ortodoxia musical no debe ser eliminada; debe ser flexibilizada. La estructura no debe ser destruida; debe ser doblada con inteligencia. La tradición no debe ser negada; debe ser reinterpretada con libertad.

Eso es la plasticidad.

La plasticidad no es anarquía; es flexibilidad consciente. No es caos; es adaptación creativa. No es destrucción; es transformación. La plasticidad es la capacidad de respetar la forma sin convertirse en esclavo de la forma.

En la historia de la música esta plasticidad tiene raíces profundas. Pitágoras descubrió que el sonido tiene proporciones matemáticas al escuchar los martillos de una herrería. Allí nació la estructura musical. Más tarde, Guido d'Arezzo organizó la escritura musical y permitió que la música pudiera ser transmitida a través del tiempo. La matemática y la escritura dieron orden a la música, pero no le dieron alma.

El alma apareció cuando los seres humanos comenzaron a usar esa estructura para expresar su experiencia interior.

Y esa experiencia interior no se puede medir.

La academia, sin embargo, comete a veces un error sutil: coloca la estructura en el centro y deja la emoción en el pasillo. Se enseña análisis, armonía, contrapunto, forma, orquestación, técnica, pero rara vez se enseña a escuchar el silencio, a comprender el dolor humano, a traducir la experiencia en sonido, a vivir la música como una forma de verdad.

Y sin verdad no hay arte.

Havel lo dijo de manera directa: “Vivir en la verdad es la forma más profunda de resistencia.” La música verdadera es precisamente eso: una forma de vivir en la verdad. No en la verdad académica, ni en la verdad económica, ni en la verdad ideológica, sino en la verdad humana.

Y la verdad humana no siempre es rentable.

Aquí la intuición de Hayek vuelve a ser importante. En The Constitution of Liberty escribió: “La libertad concedida solo cuando se sabe de antemano que sus efectos serán beneficiosos no es libertad.” Aplicado al arte, esto significa algo radical: una música que solo existe cuando es rentable no es libre; es un producto.

La música libre puede fracasar económicamente.

Puede ser incomprendida.

Puede ser ignorada.

Puede ser criticada.

Puede ser olvidada.

Pero sigue siendo libre.

Y la libertad, aunque no siempre paga bien, es el único terreno donde puede nacer la verdadera creatividad.

La plasticidad en la música es, en el fondo, una defensa de la libertad humana frente a la dictadura silenciosa del mercado cultural. No se trata de negar el mercado, ni de demonizar la economía, ni de despreciar la profesionalización del arte; se trata de recordar que el mercado debe servir al ser

humano y no al revés.

Cuando el mercado domina la música, la música se empobrece.

Cuando la música domina el mercado, la humanidad se enriquece.

Esta es la paradoja central de la civilización contemporánea: se ha logrado producir más música que nunca en la historia, pero se escucha menos música que nunca en la historia. Se consume sonido, pero no se escucha música; se consume entretenimiento, pero no se vive arte; se consume emoción, pero no se construye sensibilidad.

La plasticidad propone un camino distinto.

Propone una música que respete la estructura pero que escuche el corazón.

Propone una música que dialogue con la economía pero que no se arrodille ante ella.

Propone una música que entienda el mercado pero que no se venda completamente al mercado.

Propone una música que se atreva a ser humana.

Y ser humano implica riesgo.

Implica fracaso.

Implica incomprensión.

Implica sacrificio.

Implica, en algunos casos, pobreza y olvido.

Pero también implica belleza, verdad, profundidad, dignidad y trascendencia.

La historia demuestra que las grandes transformaciones culturales no nacieron de la comodidad, nacieron del coraje. No nacieron del cálculo, nacieron de la pasión. No nacieron de la obediencia, nacieron de la creatividad. Y en ese sentido la música sigue siendo una de las formas más poderosas de resistencia espiritual que posee la humanidad.

Porque una melodía puede cambiar una vida.

Un acorde puede abrir una conciencia.

Un silencio puede transformar una existencia.

Y ninguna calculadora del mundo puede medir eso.

La plasticidad en la música no es un método técnico; es una actitud existencial. Es la decisión de no permitir que la estructura mate la emoción, que el mercado mate la creatividad, que la academia mate la libertad, que la comodidad mate la verdad. Es la decisión de mantener viva la llama de la humanidad en medio de una civilización obsesionada con la eficiencia.

En última instancia, la música no es un producto, ni una fórmula, ni un negocio, ni una

herramienta política, ni una válvula de presión social. La música es una forma de dignidad humana.

Y la dignidad humana no se calcula.

Se vive.

Se sufre.

Se construye.

Se escucha.

Se canta.

Se transforma.

Por eso la música seguirá siendo hija de la plasticidad y no de la calculadora, seguirá naciendo del corazón y no de la estadística, seguirá creciendo en la libertad y no en la obediencia, seguirá respirando en la verdad y no en la conveniencia.

Y mientras exista un ser humano dispuesto a escuchar en silencio, a sentir con profundidad y a crear con valentía, la música seguirá siendo uno de los últimos territorios donde la humanidad se reconoce a sí misma sin máscaras, sin precios y sin miedo.





"El asesino amenazado" René Magritte


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