El Hilo de Ariadna entre Pitágoras y el Reguetón: una historia musical con escalas mayores y caídas menores. Eladio Soto Barquero
![]() |
| Pitágoras y la secta de los pitagóricos |
Eladio Soto Barquero
En algún rincón mítico del pensamiento griego –posiblemente en una caverna donde las cuerdas vibraban más por proporciones matemáticas que por despechos amorosos– Pitágoras descubría que los intervalos musicales tenían leyes tan precisas como las del cosmos. Según la leyenda, escuchó a un herrero golpear metales y notó que ciertos martillazos sonaban bien entre sí. Así comenzó la idea de que la música no era solo un arte del oído, sino un reflejo numérico del universo. Es decir, Pitágoras ya era más DJ de armonías cósmicas que filósofo tradicional.
Desde ese momento, como si Ariadna misma nos hubiese entregado un hilo dorado, se fue tejiendo una historia musical que atraviesa los siglos. Recordemos el mito: Teseo debía adentrarse en el laberinto para vencer al Minotauro, un monstruo mitad hombre mitad toro que se comía a los atenienses como quien hoy devora listas de reproducción. Ariadna, apiadada de su destino, le da un hilo para que pueda encontrar la salida. Así también la música clásica –entendida como ese canon que va desde los modos griegos hasta las sinfonías de Mahler– ha sido un hilo que guía al alma por los intrincados pasadizos de la existencia, evitando que nos devore el monstruo de la banalidad.
La música clásica, como ese hilo, nos orienta hacia lo alto. No es entretenimiento puro: es disciplina, belleza, arquitectura sonora. Es una especie de gimnasio del espíritu donde el alma hace escalas como quien hace abdominales. ¿Exagero? No tanto. Escuchar una fuga de Bach o una misa de Palestrina no es simplemente "poner música": es permitir que el orden se cuele entre los pliegues del caos cotidiano.
Ahora bien, como todo árbol tiene ramas, la evolución musical también derivó en otros estilos. La música folklórica —ya sea la andina, la paraguaya o incluso el tango— puede que no esté en la línea directa del canon clásico europeo, pero no por ello carece de profundidad. Son músicas del alma colectiva, no del virtuosismo individual. El tango, por ejemplo, con sus quejas existenciales y su coreografía del dolor, se parece más a Dostoievski que a un espectáculo de variedades. Es una ópera en miniatura en cada esquina.
El problema llega cuando el hilo de Ariadna, en vez de guiarnos, se usa para hacer piñatas musicales. En algún punto entre el sintetizador y el algoritmo, se rompió la cadena de transmisión de lo sublime. La música popular contemporánea —especialmente esa que presume de no tener más de tres acordes y un video con fuegos artificiales— ha olvidado su función elevadora. ¿El objetivo? No formar, no conmover, sino simplemente vender.
Así nacieron los festivales masivos donde miles de jóvenes no buscan precisamente a Apolo sino a Dionisio, y no para filosofar, sino para desinhibirse con sonido envolvente. La música dejó de ser una forma de consuelo o asombro, para convertirse en acompañamiento rítmico de la evasión colectiva. El beat reemplazó al alma. La letra, al contenido. Y el escenario, a la catedral.
Y mientras tanto, la música clásica sobrevive como los monjes en la Edad Media: en salas pequeñas, con presupuestos aún más pequeños, y con públicos que muchas veces caben en un solo UberXL. Sin embargo, su poder permanece intacto. Porque sigue siendo ese hilo –aunque raído y olvidado– que nos recuerda que la música puede ser más que ruido con luces.
Es la diferencia entre enfrentar al Minotauro con un hilo… o con una playlist.

Gustav Mahler (Estampilla conmemorativa)


Post a Comment